sin plumas

comentarios de libros por iván thays

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Lugar: Lima, Peru

Escritor peruano (Lima, 1968) autor de las novelas "El viaje interior" y "La disciplina de la vanidad". Premio Principe Claus 2000. Dirigió el programa literario de TV Vano Oficio por 7 años. Ha sido elegido como uno de los esccritores latinoamericanos más importantes menores de 39 años por el Hay Festival, organizador del Bogotá39. Finalista del Premio Herralde del 2008 con la novela "Un lugar llamado Oreja de perro"

8/11/2006

Primero estaba el mar
Tomás González
Norma: Bogotá, 2006 (reedición)


MAR CIRCULAR
Aquellos a quienes les gusta encontrar “el secreto mejor guardado de la literatura latinoamericana” tienen en el colombiano Tomás González (actualmente de book tour por Buenos Aires) un autor que podrán disfrutar y leer con intensidad, por lo menos hasta que consigan otro “secreto mejor guardado”. Primero estaba el mar es su primera novela (publicada originalmente en 1983), y aquella con la que logra vencer el prejuicio de que la literatura colombiana es o realismo mágico o sicarios y narcotraficantes. El título proviene de un célebre poema de la mitología Kogui (una cultura precolombina) donde se afirma la existencia de un mar mitológico, que es el origen de todo. La novela se desplaza hacia aquel mar del caribe colombiano, un mar que a medida que avanza la novela se va tornando hostil, negándose a representar el paraíso utópico en que J. y Elena, la pareja protagonista, lo han querido convertir. J. es un sujeto cansado de la vida urbana, “literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie y bohemio” como lo califica el autor, que decide viajar a la costa de Urabá con su segunda mujer para dedicarse a vivir en una finca. Elena, la pareja, se presenta incrédula en todo momento, incapaz de perder algunos de sus privilegios civilizados (la inútil máquina de coser y la reja para hacer de su parcela en la playa un coto privado son algunos signos), aunque tampoco parece añorar demasiado la ciudad. Ella es una mujer indómita, tanto como el mar y los habitantes costeños, por lo que ofrece un combate a pulso en el que, desde luego, la naturaleza termina venciendo y la convierte en la primera víctima (desde el comienzo de la novela se anuncia esa derrota, por cierto, así que lo que leemos es el día a día del deterioro de la relación de los convivientes y del fracaso de la minifaldera e iracunda Elena). Con la llegada del siniestro Octavio, quien se vuelve administrador de la finca ante el avanzado estado alcohólico de J. y su cabalgante dejadez, la novela abandona el tema del Paraíso Perdido y la épica sentimental y asume un vuelo trágico donde la violencia es el principal ingrediente. Octavio es una amenazante fuerza instintiva, brutal, agresiva pero al mismo tiempo misteriosa, de pocas palabras, que ha aprendido a convivir con la naturaleza y sabe imponerse sobre aquellos que, como los protagonistas, son solo ilusos o improvisados “hacendados” que ven en el mar y sus costas una fuente de riqueza o de sosiego, pero no el ser mitológico que es. Es muy revelador que Tomás González haya declarado que esta novela le sirvió como expiación del dolor que sintió por el asesinato de su hermano en circunstancias similares. Así, el final de la novela es una metáfora narrada con absoluta sobriedad, con estoicismo incluso, que muestra la vida como un árbol frente al mar y de frutos deliciosos, mangos dorados que solo se pueden saborear si entendemos que en el ciclo de la vida nacimiento y muerte están profundamente hermanados.