sin plumas

comentarios de libros por iván thays

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Nombre: Ivan Thays
Lugar: Lima, Peru

Escritor peruano (Lima, 1968) autor de las novelas "El viaje interior" y "La disciplina de la vanidad". Premio Principe Claus 2000. Dirigió el programa literario de TV Vano Oficio por 7 años. Ha sido elegido como uno de los esccritores latinoamericanos más importantes menores de 39 años por el Hay Festival, organizador del Bogotá39. Finalista del Premio Herralde del 2008 con la novela "Un lugar llamado Oreja de perro"

11/25/2009


Hiromi Kawakami
El cielo es azul, la tierra blanca
(traducción: Marina Bornas Montaña)
Acantilado, Barcelona. 2009. 211 páginas

UN HAIKU DE BASHO


Las historias de amor cercadas por la muerte, al parecer, tienen muchísimo éxito en Japón. La celebridad de Norwegian Wood (“Tokio Blues” en castellano) de Haruki Murakami es solo la punta del iceberg. La premiada novela de Hiromi Kawakami, El cielos es azul, la tierra blanca es el más reciente ejemplo. La anécdota podría dar para una novela de Philip Roth, pero sin la culpa que causa el placer, ni las racionalizaciones obsesivas, ni el mundo judío norteamericano como escenografía. Es decir, una novela de Philip Roth que jamás escribiría Philip Roth. Tsukiko es una mujer de 38 años, aún con espíritu adolescente pero ya derrotada por la vida. En una taberna, donde va a comer pescado crudo y a beber un poco más de sake del que debería una mujer que siente que nunca ha amado, coincide con un antiguo profesor universitario. Ella no recuerda las clases de ese profesor, no le parece nada memorable, pero dos solitarios en una taberna es demasiada tentación para un novelista. Una Mise-en-scène con elemento mínimos, con solo dos personajes y el poder de la conversación. A partir de este encuentro Hiromi Kawakami, la autora, va trazando una línea curva que conduce a Tsukiko hacia el asiento del profesor, a quien ella llama Maestro. Y al mismo tiempo, el tiempo y el sake compartido van limando las asperezas de las murallas que ambos, Tsukiko y el Maestro, han alzado en torno a sus vidas. Pero no hay prisa. La novela demora, entre peleas sin importancia y pequeñas anécdotas, el momento de la gran revelación que ocurre en una tarde campestre, cuando tanto el Maestro como Tsukiko parecen haber encontrado pretendientes más a su altura o edad. Luego de ese camping, para Tsukiko es evidente que se ha enamorado del Maestro y, al mismo tiempo, que no podrá conseguir enamorar a ese viejo gruñón. Y aunque la novela está contada desde la perspectiva de ella, el lector puede percibir que también el Maestro cada vez depende más de la compañía y la apacible felicidad que le produce el engreimiento y la jovialidad renacida de Tsukiko.

El momento cumbre sucede en un viaje que ambos hacen a una isla, donde está enterrada la ex - esposa del Maestro. Él acepta que esa mujer era extraña, que lo abandonó, que nunca supo entenderla; pero, al mismo tiempo, que ha sido la única mujer capaz de amar y aún la recuerda. La contradicción no es pasada por alto por Tsukiko, quien se muestra más resulta en conquistar al Maestro. La defensa de su soledad y la forma brusca, mandona, de responder a los acercamientos de Tsukiko es la coraza transparente que permite ver que el Maestro, por primera vez en la vida desde que su mujer lo abandonó, ha vuelto a ser vulnerable. Es entonces que sucede aquella maravillosa escena en la que Tsukiko y el maestro, una noche en la isla, deciden escribir juntos un haikú. Durante toda la novela, el Maestro –profesor de japonés en la universidad- le reclama a Tsukiko el no haber memorizado los versos clásicos que él cita y que le enseñó en clases. Esa noche, sin embargo, permite que ella aumente el tercer verso a un haikú inspirado en la carne rosada del pulpo que almorzaron esa tarde. El haikú que ambos escriben le recuerda, al Maestro, un antiguo y hermoso poema de Basho: “Se oscurece el mar/ Las voces de los patos/ Son vagamente blancas”. La lectura de ese poema (y el título de la novela –que no sigue al original en japonés, que es El maletín del maestro, sino a la atractiva traducción alemana-, dos versos de un haikú que no está terminado pero que sin duda nos habla del orden del mundo, con el azul del cielo arriba y la blanca tierra debajo) debería darle al lector la pista de por qué, finalmente, la coraza del Maestro y la de la misma Tsukiko termina quebrándose. En efecto, el mar oscurecido es la vida misma, la noche que cae temprano o tarde sobre nosotros; pero las voces de los patos, un rumor lejano pero perceptible, son vagamente blancas e imponen esa luz sobre la oscuridad. “Vagamente” subrayamos. Y sí, es obvio, el amor y la vida nunca lograrán imponerse de manera absoluta sobre la muerte y la oscuridad, pero antes de que ésta llegue definitivamente podemos aprovechar intensamente el aleteo vital de esos patos y su sonido blanco. Es decir, podemos creer que el amor nos salvará de nuevo.


No voy a concluir esta reseña diciendo que la novela es una pequeña obra de arte porque no lo es. No necesita serlo.

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3/10/2009

carátula del libro. Fuente: Moleskine

Maldita sea. Lima, Editorial Planeta.
Julie de Trazegnies.

MIRAR AL MUNDO CON LOS OJOS ABIERTOS

Parafraseando a Goya (“el sueño de la razón engendra monstruos”) podríamos decir que no es la fantasía sino la realidad la que engendra terribles monstruos. Quizá no estaba tan equivocado el crítico (por lo general, muy versátil en el error) que consideró que la colección de relatos de Julie de Trazegnies Maldita sea era un libro de cuentos de horror. Pero no el horror fantástico sino aquel que nos enfrenta al más temible monstruo de la realidad que respira en nuestros oídos: la muerte. La muerte, ya sea directa o indirectamente, es la definitiva protagonista de cada uno de estos cuentos. Pero la autora no ha querido ver a la muerte como un enigma indescifrable; el enigma indescifrable somos los seres humanos. Por eso, la pregunta crucial a las que nos enfrentan sus relatos de manera terrible e insistente no es “¿Por qué morimos?” sino “¿Quiénes somos?” o más precisamente “¿Quiénes somos nosotros, los que vamos a morir tarde o temprano?”

Hay dos cuentos paradigmáticos en ese sentido, las dos puntas de la misma línea, que funcionan a manera de espejo. El primero, titulado “Sin retorno” (una de las historias más perturbadoras que he leído últimamente), presenta a una mujer que de un momento a otro pierde su identidad. Ella ha ido de viaje con su esposo luego de la pérdida de un hijo, tratando de recuperar la relación o de despedirse adecuadamente, pero las cosas no parecen estar funcionando. En un momento, aligerada por el vino, la protagonista no soporta la presión y empieza a vagar por la ciudad desconocida. Y de pronto, la desconocida es ella. Nadie parece recordarla, ni los empleados del hotel ni su propio esposo. Ha perdido la conexión con la vida, pero sigue viva. Abandona su identidad pero no a cambio de otra, sino de ninguna. El segundo cuento, el otro extremo de la línea, se titula “Un día de locos” y presenta ahí a una mujer que es acosada por un sujeto quien, a pesar de su rostro amable, no deja de hacerla sentir perseguida. Intenta perderlo en una estación de metro pero el hombre no es fácil de despistar. Rendida, pide ayuda a los demás, pero nadie la ayuda. Al contrario, todos parecen estar a favor del perseguidor. Al final, termina aceptando que aquel extraño la atrape y la conduzca a su propia casa.

En el primero, ella es extraña para los demás; en el segundo, los extraños son los otros. Así oscila el péndulo de Julie de Trazegnies. Quien quiere ver en esto cuentos fantásticos sin duda se equivocará. Los monstruos más terribles y las pesadillas en que existen, ya está dicho, nacen de la realidad. Y debemos admitir que no existe nada más real que la muerte. Incluso el cuento “Maldita sea” que le da título al conjunto, y que podría leerse como una versión extendida de “Casa Tomada” de Julio Cortázar, no es propiamente fantástico. Se trata de una casa “maldita” en la cual las parejas terminan siempre separándose. Una pareja joven desoye las advertencias y se instala ahí. Pronto, la casa empieza a ejercer su naturaleza y termina por destruirlos. Con el deseo de venderla y repartirse el dinero, los esposos recién separados hacen la ficción de estar juntos y felices, pese a la maldición, delante de los posibles compradores. No convencen a nadie. Ni a ellos mismos, que poco a poco van convirtiendo la ficción en realidad y vuelven a amarse. Pero la casa, ya se sabe, es infatigable y, como el amor en aquella tristísima canción de Joy Division, los destruirá de nuevo. La impresión que nos deja el cuento es que esa casa siempre vencerá. Y es que la casa es la vida misma y, por tanto, la muerte. Todos vivimos dentro de esa casa maldita, parece decirnos Julie de Trazegnies, todos tarde o temprano tendremos que asumir la “maldición” y jamás lograremos escapar de ella, ya sea amándonos de verdad o fingiendo que nos amamos.

Por lo pronto, ninguno de los personajes de Maldita sea logra escapar. Pero cada uno sucumbe a su manera. Hay dos relatos especialmente conmovedores (además del antes mencionado, “Sin retorno”) que convierten este libro en una obra imprescindible para todos los que quieren ver a un escritor enfrentando los demonios que lo acosan sin más armas que la ficción y una honestidad consigo mismo poco recuente en los narradores jóvenes. Ambos relatos tienen, además, vínculos en común, lo que no es extraño porque en este libro –como en todos los libros que realmente valen la pena- las conexiones invisibles son más significativas que las obvias.

Uno de ellos, “Un problema de conciencia” relata el viaje a la casa de playa de la protagonista junto con su esposo S. y su hijo. Nada parece estar salir mal, salvo que el niño se despierta en mitad de la noche y ella va a calmarlo. Un rato después, el niño arremete. Ahora será S. el encargado de hacerlo dejar de llorar. Eventualmente, la narradora despierta avanzada la noche y descubre que S. no está en la casa. Lo busca por todos lados y no logra hallarlo. Sus cosas están intactas, el auto no ha sido movido, el niño duerme. No hay explicación. Hacia el final de la noche, lo siente llegar y se aferra a su mano para no perderlo. Al amanecer, sin embargo, S. ha vuelto a desaparecer. “Lo único que pude comprender es que S. no estaba más” finaliza el cuento. El otro relato intenso es el titulado “Mala noche”. Otra vez los protagonistas son una pareja de esposos y la hija menor de edad, Mía. Empieza la historia con una pesadilla de ella, en la que Mía ha desaparecido. La angustia al despertar apenas se atenúa al observar que Mía duerme tranquila en su dormitorio. “Es increíble como los sueños pueden sentirse tan reales” piensa ella. Luego, convence a su esposo para viajar los tres a República Dominicana. Y ahí, en medio del paraíso tropical, Mía desaparece realmente. Hacen hasta lo imposible por encontrarla, y cada hora que pasa es menos probable que la hallen. El relato ya es tremendo desde la historia misma, la descripción de esas horas tensas, la soledad de la narradora que sabe que esta vez no despertará. Pero hacia el final, la última frase, le da un giro extraordinario que lo convierte en inolvidable: “Poco a poco, dejé caerme en el suelo, apoyada contra la pared del baño. Ahí me quedaría, sin saber. Ahí me quedaría hasta que Mía viniera a buscarme”.

Es obvio que las historias repiten una y otra vez los mismos mecanismos y las mismas interrogantes. Menos obvio es descubrir de qué manera esa repetición no es caprichosa sino necesaria. Es un loop insistente que nos acosa, que no nos permite levantar la cabeza del libro y huir hacia el presente y sus cuentas de colores, su felicidad destituida, su temor a la muerte. Lo que Maldita sea nos cuenta es nuestra propia historia, y podríamos no darnos cuenta. Pensamos que nunca nos ocurrirán ciertas cosas, confiamos que un día llegaremos a ver a la muerte como un alivio, queremos creer en la vida como una sucesión de colores y felicidad en la que nosotros siempre seremos los mismos, inmutables. Pero eso es una utopía. Tarde o temprano, S. se irá para siempre, sin avisar. Y nosotros, todos nosotros, no somos sino un retrato de aquella mujer agachada en el baño esperando que una niña (una niña simbólicamente llamada “Mía” además) nos venga a rescatar y nos diga qué y quiénes somos en un mundo que no comprendemos.

El segundo cuento del conjunto, “La espera”, es el más ambicioso de todos. De Trazegnies ha intentado unir la muerte y el nacimiento en 16 páginas. El mismo día en que la protagonista se entera que está embarazada de Maya, descubre que el padre de su esposo está a punto de morir. El marido es incapaz de responder con afecto o felicidad al embarazo de su esposa, está demasiado inmerso en el dolor de su familia. En realidad, no ha logrado hacer su propia familia, no ha cortado el cordón umbilical que la ata a ella, mientras su esposa (quien afirma al comienzo del relato nunca haber sido unida a su propia familia) lo que le ofrece es una familia propia, un acta de nacimiento que él no está dispuesto a asumir. Otra vez el problema de la identidad expuesto como algo irremediable. El marido no es nada sin su padre, y eso lo entiende ella demasiado tarde, para su decepción. Mientras tanto la protagonista, que nunca tuvo a nadie, ahora al fin adquiere sentido con el nacimiento de Maya. Pero al ver a su suegro tan enfermo y necesitado de auxilio como un niño, en el cuento (como en la mayoría) aparece otra vez una premonición: “Me estremeció descubrir cómo se parecía el comienzo de la vida a su final de una forma tan cruel”. En efecto, mientras la vida del suegro va extinguiéndose, la vida de la no nacida Maya también corre peligro. Al final, serán dos muertes las que ella tiene que sobrellevar. Participa a la distancia de la muerte del hombre que representó para su padre la identidad y el fiel de la balanza. Pero de la muerte de su hija participa de manera absoluta: Maya está muerta en el vientre y debe producirse contracciones y parirla muerta. Se atreve, una locura, una osadía, a tomarse una foto con aquella niña muerta que se parece al mismo tiempo a ella y al esposo. La escena es terrible, el esposo no entiende por qué lo ha hecho. “Tienes que haberte vuelto loca” le dice. Pero: ¿Qué es estar loco? ¿Qué es la cordura en un mundo lleno de dolor, de muerte, de presencias invisibles? ¿Llorar la muerte de un hombre que vivió más de 70 años es estar más cuerdo que llorar la de una niña que nunca nació? Si al final la muerte es la misma, lo único real y concreto, lo único seguro que nos llegará, y esa es lo única enseñanza que nos deja la vida. Solo que tratamos de no entenderla. Nos hemos cegado. Pero quien ha vivido la muerte de cerca, quien ha parido la muerte literalmente, como la narradora de “La espera”, sí ha aprendido la lección y entiende qué es la vida mejor que cualquiera, porque ha entendido qué es la muerte. “La vida nos arrastra de muchas maneras que no podemos controlar pero, a pesar de todo, yo siempre sería una madre que había tenido una hija” dice al final del cuento. No hay amargura sino sabiduría en esa frase. Y es que Julie de Trazegnies ha escrito un libro profundamente sabio y sincero. No ha convocado a los fantasmas, ni exorcizado ningún dolor, sino que se ha enfrentado a la vida misma sin temor, con los ojos abiertos. Lo ha hecho por nosotros, los lectores. Y al hacerlo nos ha desafiado. Y nosotros seríamos unos ciegos, o unos necios, si no aceptáramos ese desafío y sus impredecibles consecuencias.

2/10/2009

Lectura en Starbucks de Trujillo. Foto: moleskine

Mi cuerpo es una celda
Andrés Caicedo. Montaje y Dirección: Alberto Fuguet
Norma: Bogotá. 2008
1.-
Primera confesión: En 1994, un amigo escritor colombiano que moriría unos meses después, autor de Opio en las nubes, me regaló en Barquisimeto su propio ejemplar de Que Viva la Música en la que, sospecho, era una primera edición. Fue un gesto de desprendimiento insólito motivado solo por una conversación en la que me declaré fan de los Rolling Stones. Leí la novela en Lima apenas regresé de aquel encuentro, y la encontré muy mala. Unos meses después, la vendí en un lote de libros viejos a un precio miserable ignorante de la celebridad que luego adquiriría Andrés Caicedo. Pese a ello, lo único que en realidad lamento es haberme desprendido de un objeto que le perteneció al bueno de Rafael Chaparro.

2.-
Segunda confesión: Apenas me enteré por internet de la aparición de Mi cuerpo era una celda (Norma) supe que era un libro que jamás leería. Las fotografías de Caicedo como hippie o como nerd me hartan -la edtorial Norma en Lima ha mandado hacer una ridícula publicidad con la silueta recortada de Caicedo cogiéndose los huevos-, su novela y sus cuentos me parecen malos, su actitud suicida es una mitología adolescente de la que ya tuve bastante con Luis Hernández (quien, a diferencia de Caicedo, por lo menos era un buen poeta). ¿Por qué tendría que leer, entonces, un libro dedicado a un autor que considero menor y sobrevalorado? Lo único que me tentaba era que el autor era Alberto Fuguet (amigo mío y a quien respeto como escritor) y la curiosidad del método de composición que Alberto había elegido -a manera de montaje a partir de la correspondencia y los artículos de Caicedo- para redactar el libro. Pero eso no era suficiente para comprarlo. Desde que dejé Vano Oficio ya no me regalan nada, así que debo pensar bien qué comprar y qué no. Y este libro era un no rotundo.

3.-
Tercera confesión: Nunca entendí aquella fascinación que tiene Alberto Fuguet por los personajes looser de la literatura. Por recomendación en su blog vi las dos temporadas de Californication y su ídolo-modelo de escritor, Hank Moody, me parece un completo imbécil (su ex esposa, en cambio, está muy guapa y salva la serie). Siempre he pensado que Alberto se defiende a puños cerrados contra lo "literario" porque, en el fondo, le teme. Probablemente, siente que en un mundo de lectores cultísimos y escritores virtuosos, él es un salvaje que no puede ni sabe competir. Es como si todo el tiempo estuviera esperando que Donoso lo eche de su taller por no haber leído a Dostoievski. Incluso su desprecio por la obra de ficción de los autores, que lo conduce a sobreestimar las obras de no-ficción de algunos, me parece sospechosa y sintomática de alguien que teme ser rechazado por el mundo (mucho más complejo y con reglas más imprecisas que el de los diarios personales y las correspondencias) de la poderosa ficción. A pesar de eso, Fuguet no sólo es un buen escritor de ficciones sino, además, una persona capaz de crear generaciones y lectores, como lo hizo con McOndo. Y ojo que no es fácil conseguirlo. Decenas de editores, escritores, prologuistas, agentes literarios y periodistas han intentado crear un grupo de escritores identificable y reconocible para promocionarlos, y no lo han logrado jamás. A Alberto le bastó una palabra, McOndo, para conseguirlo. Pese a ello, ese compulsivo comedor de sushi que es Alberto Fuguet desconfía de la literatura y prefiere meterse en un mundo definitivamente más competitivo, frívolo (y menos complejo por lo general) como es el del cine. Un mundo lleno de concesiones y donde un solitario escéptico, como él, debe lidiar con productores mezquinos y actores divos. Una contradicción aparente. Por eso no me llamó la atención que Fuguet finalmente escogiera como ídolo literario ("amigo imaginario" lo llama en el libro) a un escritor menos talentoso que él como Caicedo. Es el camino inverso al de Mario Vargas Llosa (ídolo literario de Caicedo y del mismo Fuguet, por cierto) quien le dedica años de investigación a obras auténticamente transgresoras, fundamentales y prometeicas como las de Víctor Hugo, Flaubert, Gabo u Onetti. Fuguet en cambio prefiere dedicarle su tiempo a autores cuya discreta obra no ha influido en nada al mundo literario al que Fuguet pertenece e influye, aún sin quererlo.

4.-
Cuarta confesión: Tenía calor en Trujillo. Una persona con la que debía encontrarme me falló, y otro amigo me dijo que lo esperase unas horas. Me metí en una librería y compré Mi cuerpo era una celda para leerlo, para más mcondianismo, en un Starbucks de aire acondicionado. ¿Por qué compré ese libro y no otro? Bueno, sí compré otros libros, pero de pronto pensé que sería bueno leer lo de Fuguet con todas las expecatativas en contra, y dejarlo olvidado en una mesa cuando mi amigo viniese a rescatarme. Sin embargo, el libro me atrajo. No ha logrado convencerme de que Caicedo es un buen escritor de 24 años (no es esa la intención del libro, además), y no comparto la opinión de Alberto de que sus críticas de cine o su correspondencia son más respetables que sus textos de ficción, pero hay algo en ese libro que rescata al personaje. Y es el método de composición. Curiosamente, lo que Fuguet ha descubierto es algo que jamás pretendió hacer: que la vida de cualquier sujeto puede resultar atractiva e incluso intensa cuando detrás de él hay un buen montaje. Este libro es lo más Puig que he leído en mi vida. Las cartas intrascendentes, las lamentaciones adolescentes en su páginas de diarios y las impresionistas críticas de cine empiezan a adquirir sentido al aparecer montadas una sobre otras, del mismo modo como las fotografías más anodinas de alguien podrían adquirir significado hasta épico si son filmadas por un director genial, con un soundtrack motivador y un montaje inteligente. No voy a decir que no me ha conmovido el personaje: aquel muchacho ingenuo que a los 21 años pretende vender un guión de cine en Los Angeles sin saber las reglas formales de cómo se hace un script; aquel chico edípico que le pide plata a su madre, que anda enamorado de sus hermanas, y le envía cartas llenas de temor al padre; el cinéfilo solitario y rabioso; el hippie nerd; el amante de la música que lo mismo cita a los Rolling Stones que a la Fania o a un bolero de Leo Marini; el bisexual reprimido, cuya ambiguedad sexual no es lascivia sino, al contrario, anafroditismo y soledad terminal; el enamorado de una casquivana que al final lo desprecia y lo cornea; y aquel que, antes de cumplir con su tantas veces anticipado suicidio, el mismo día que recibe los ejemplares de su novela, se da tiempo de escribir una carta llena de comentarios técnicos sobre películas a un amigo. Sí, es un buen personaje, pero en todo ese espectro el Andrés Caicedo escritor está muy por debajo de la línea, algo anecdótico casi. El empeño de Alberto Fuguet de convertirlo en el eslabón perdido entre el Boom y McOndo es fallido. Sin embargo, no lo es el convertirlo en un personaje real, complicado, entrañable, un ser humano lleno de contradicciones luminosas, de aquellos que parecen existir solo en las mejores ficciones y jamás en la realidad. En este libro, escrito con las palabras de otro, Alberto ha firmado algo más que un método de composición o un homenaje a un ídolo literario. Lo que ha hecho, en realidad, es escribir una de las más sensibles, sofisticadas e inteligentes obras de ficción escritas por los autores de su generación en los últimos años. Y Alberto ni se ha enterado.

1/22/2009

La hora entre el perro y el lobo
Silke Scheuermann
México. Sexto Piso: 2007

Inés, en medio de un círculo de luz, baila en una discoteca. Baila Bjork. La narradora no puede creer lo que está viendo. No puede creer que alguien pudiese bailar Bjork y menos aún con tanta gracia, iluminada por esa luz intensa. Otras chicas han salido a bailar pero ninguna se cruza con ese círculo iluminado, ni siquiera cuando Inés lo dejó libre.

Esa es para mí la escena cráter de La hora entre el perro y el lobo, la maravillosa novela breve de la alemana Silke Scheuermann que publicó hace unos años Sexto Piso. Inés y la narradora son hermanas. Inés vive en Fráncfort ("la noroma, la noparís, la nonuevayork") y la narradora, quien vivía en Roma, ha decido cancelar su exilio y regresar a la ciudad natal. ¿Por qué regresa? No hay que pedir tantas explicaciones. Hay algo que no ha sido superado entre su hermana y ella, eso es obvio. Es obvio desde la primera escena, junto a la piscina, cuando Inés parece estar a punto de caer y la narradora intenta ayudarla en una suerte de baile que ante los ojos ajenos -el de un salvavidas, por ejemplo- podría parecer un intento de asesinato. Es obvio, también, porque la narradora misma lo dice, aclarando que no explicará cuál es el lío (y luego, cuando podría contarlo, a ningún lector le importará). Y es obvio además por la forma en que ella mira a Inés todo el tiempo: como una mujer perfecta, ligera, encantadora, seductora, una princesa cuya hermana (con sobrepeso en la infancia) es un sapo.

Entonces ocurre la escena del baile de Bjork. Pero en realidad, antes ha ocurrido otra cosa: la narradora conoce a Kai, el guapo novio de Inés. Y le gusta, le gusta mucho. Y hace todo lo posible para acostarse con él. Y lo consigue, sobre todo porque el novio es un ser desaprensivo, un sujeto que es una cáscara y que no está a la altura de una princesa como Inés y ni siquiera, por supuesto, del sapo. Ingresamos entonces en la hora entre el perro y el lobo, la hora donde cualquier animal domesticado se convierte en un salvaje. La narradora y Kai hacen el amor mientras un perro del vecino ladra todo el tiempo. "Maldito perro" grita Kai luego de terminar el coito. "Maldito perro" repite, y la narradora no entiende cómo puede decir esa frase después de hacer el amor con la hermana de su novia.

El mundo de esta novela, como es obvio, es exclusivamente femenino. Los hombres como Kai están descartados. Los hombres algo más interesantes, como Richard, tampoco parecen funcionar bien. Flett junior, por ejemplo, es un chico sabihondo que está convencido de que el Amor es solo un motivo para el consumismo en tres rubros: vestido, alimentación o cultura. Una cita romántica, o incluso el simple sexo, implica un preludio que conduce a salir a comer, comprarse ropa sensual o ir al cine. Así encaja cada pieza del rompecabeza y no hay más misterio en el mundo de los hombres. Pero en el mundo de las mujeres, todo es misterio. ¿Por qué se odian las hermanas? ¿Por qué se miran así? ¿Por qué se hablan de ese modo, amables pero al mismo tiempo duras una con otra? ¿Por qué hasta un regalo parece una puñalada? ¿Cuál es el código detrás de todo esto? Los hombres que leemos la novela asistimos a la escenificación de nuestros más grandes temores: no entendemos qué está pasando, todo nos parece ambiguo y complejísimo, pero no podemos dejar de sentirnos atraídos por ese velo, por aquel racionamiento agudo y atento a los detalles de la narradora, por ese lenguaje lírico sin disfuerzos, por la belleza de las imágenes que ella -no en vano fotógrafa- nos describe con una precisión milagrosa. Como aquella en que un hombre grita "maldito perro" luego de hacer el amor. O la de una niña despidiéndose desde un auto. O un pájaro muerto en un basurero. O ella, de niña, enterrando a su hermana en la playa.

O Inés bailando hermosamente a Bjork sobre un círculo de luz.

1/21/2009

Sexografías
Gabriela Wiener. Lima, Planeta: 2008


Hoy Andreas se levantó, cogió uno de los libros que estaban sobre la mesa de noche y me preguntó: “¿Quién es ella?” Pasé saliva. Pensé que por culpa de Gabriela Wiener y su libro Sexografías, y en especial por su foto de contratapa (que ilustra este post), iba a tener que darle a mi hijo (seis años cumplidos el lunes pasado) un curso acelerado de sexo, empezando por la historia de las abejitas hasta llegar a eso de los swingers. Felizmente, antes de empezar se me ocurrió preguntarle: “¿Por qué?” Me respondió: “Porque parece Gatúbela”. Pude sonreír aliviado (hasta que el psicoanálisis no diga lo contrario). Gabriela con lentes oscuros, pelo lacio y largo como cascada sobre medio rostro, escote y short jumper es demasiado hasta para un niño. No sé si a ella le gustaría ser Gatúbela, no creo que le disgustaría en todo caso, pero lo que sí sé que le van bien los disfraces.

Sexografías es un libro de disfraces. En una lectura rápida, uno podría pensar que Gabriela se está exponiendo demasiado, incluso ofreciendo su propio cuerpo como carnada para una crónica. Pero eso no es necesariamente cierto. Salvo en el último relato (titulado “Babies” y en el que habla de la maternidad), en todos los demás Gabriela está disfrazada. A veces ese disfraz incluye, además, un traje. En la mayoría, solo es la voz apenas modulada, la actitud agresiva y en especial la mirada la que va encubierta. Gabriela es una cronista distante y aguda que se disfraza de periodista–gonzo-con-ganas-de-vivir-la-vida-loca para que le hagan más caso y obtener toda la información que, de otro modo, no podría obtener. Juego y provocación, dos elementos químicos altamente explosivos mezclados en el tubo de ensayo una y otra vez. A veces, el resultado es una prosa demasiado snob y pretendidamente “ingeniosa” para ser realmente filosa (hablando del gurú y multiesposo Badani dice “Si Badani fuera un electrodoméstico, sería uno que corta, pica y raya a su interlocutor a miles de revoluciones por segundo.” Y estamos solo en la primera frase del primer texto). Pero en la mayoría de casos, Gabriela consigue lo que busca: entender el sexo no como un casillero aparte en la vida de todos nosotros sino como un tema complejo, sofisticado incluso en su crueldad y en sus posibles variaciones, ambiguo y siempre excitante, como la vida misma debería serlo. A veces hay que dejar que un actor porno derrame un poco de semen en tu zapato para comprobar que el sexo, al fin y al cabo, no es necesariamente eso. Todas las historias del libro, por más escabrosas, confusas o raras que parezcan, nos conducen siempre al final: una mujer embarazada que lleva en su vientre al “futuro”. Los freaks, al fin y al cabo, son los demás. Los que no entienden eso y piensan que el sexo es un ente autónomo alejado de la vida. Los que no son capaces de descubrir que una mujer embarazada, (aunque se masturbe de vez en cuando viendo un canal cutre de sexo o quizá, justamente, porque lo hace), es una celebración de la vida adquieriendo cada día sentido. Un sentido que luego se desmonta para volver a reformularse al día siguiente, siempre el mismo pero siempre distinto.

¿Esa fue la intención de Gabriela? No tiene importancia si a fin de cuentas eso es lo que dice el libro. Detenerse en lo anecdótico de un bar de swingers o del látigo de Lady Monique, seguir la ruta de los transexuales en Lima, aprender palabras nuevas como “Furrymanía” o “Metapornosis”, y descubrir que Gabriela era una freak hasta que se operó los sobacos resulta atractivo, pero no es suficiente. Entender que Gabriela y no el sexo, en realidad, es la auténtica protagonista de estas historias -¿gabygrafías?- tampoco es tan importante. Rodrigo Fresán la llama “suerte de Marco Polo hembra y X-rated”; he ahí una frase ingeniosa. Gabriela tiene varias por el estilo, extraordinarias, pero ni siquiera es eso lo que convierte este libro en un texto notable. Lo que sucede en realidad en Sexografías es que Gabriela, al igual que el depresivo David Foster Wallace (o hipotéticamente su ídola Louise Lane), también es capaz de convertir algo tan ridículo como el mundo de los cruceros mastodónticos –en su caso, por ejemplo, la existencia de dealers pornográficos o las muñecas de la infancia- en una interrogante sobre la condición humana.

Gabriela Wienner es la chica en medio de toda esa legión de falocéntricos y casi misóginos cronistas brillantes que apareció en Etiqueta Negra, con el maestro Julio Villanueva Chang a la cabeza. Como sabe todo aquel que ha visto Seinfeld, la presencia de una chica en medio de un grupo de hombres es fundamental. No es solo una adición más, sino un factor que cambia completamente la ecuación. Gabriela ha llegado más lejos que ninguno de sus compañeros, ha sido más osada en su lenguaje, más malcriada, más despeinada, más X-rated, más divertida. Mientras que todos los demás intentan ser inteligentes y agudos (a veces con éxito), Gabriela simplemente lo es, aunque a costa de ciertas imperfecciones de estilo y boutades. Mientras los otros investigan en hemerotecas, Gabriela parece ser más onda Google y lentes oscuros para entrar a los bares de single acompañada de J., su héroe enmascarado justamente. Gabriela es la hermanita menor y descarada en medio de tanto joven turco que sueña con publicar en The New Yorker o pisar las huellas dejadas por Kapuscinski por todo el planeta. Qué suerte que existe una Gaby para que existan, en su exacta dimensión y diferencia, los demás.

6/21/2007

El cielo sobre nosotros
Carlos Garayar
Alfaguara: Lima, 2007

AMANTES SIBERIANOS

La selva para muchos es un territorio exuberante, colorido, erótico, tropical; no para Carlos Garayar. El cielo sobre nosotros sucede en una selva anterior a los cuadros de Bendayan, al narcotráfico y al terrorismo, a los aeropuertos clandestinos y al turismo sexual. Y a la tecnocumbia. Es una selva donde un policía, un médico y un cura se aburren. A ese mundo monótono, de movimientos que se lentifican por el sopor, de colores tenues como un verde sin estridencia, llega un polaco para internarse en un sanatorio. Tisis. De manera insólita, el desahuciado despierta el amor de una enfermera, que es la encargada de atenderlo en un pabellón para terminales al que llaman La Siberia. ¿La gélida, apátrida, exiliada Siberia en mitad de la selva tropical? De eso se trata. Sin demora la novela encara su argumento a través de dualidades, juegos de espejos como el contraste entre la vida y la muerte; eros y tánatos; civilización y barbarie; amor y pasión; Matilde y la señorita Soria; el instinto de supervivencia y la muerte programada; la laxitud del polaco convaleciente y la inquietud del alférez recién llegado que necesita crímenes que resolver.
Sin embargo, el par más interesante se da entre los dos testigos principales, el pragmático policial y el médico que pretende entender superando su raciocinio (el misticismo del cura, además, convertiría este par en un triángulo). La devoción de la enfermera para con el extranjero conmueve a todos, pero no es asumida por todos del mismo modo. Ella, al igual que el polaco Siélac, es una excluida de la vida, una apátrida íntima, y ya que no puede dedicarle a su alma gemela el resto de su vida, ni un hijo, decide condenarse con él. Así es este amor sin fisuras pero sin expectativas, que brota espontáneamente, abriéndose paso entre esa selva oclusiva y la vida sin sobresaltos de la enfermera solterona más anodina del hospital. Pero ¿puede realmente el amor ser una salvación o una cura? Esa es la pregunta que deben resolver los amantes siberianos. Y también la policía.
El crítico y profesor universitario Carlos Garayar ya había comprobado estar facultado para la ficción en un libro de relatos injustamente relegado: Una noche un sueño (Peisa), que también transcurre en la selva. Es cierto que existen dos pecas en la novela (el amor que nace entre la enfermera y el tísico brota sin mayor explicación ni tránsito, simplemente se da por sentado de que se vieron y se amaron de inmediato como si fueran alegorías y no personajes; y cuando leemos los diarios del médico no existe diferencia entre un lenguaje correctísimo y el narrador omnisciente) pero ninguna de ellas es demasiado grave como para entorpecer la intensidad de la metáfora que ha creado Garayar. La obra tiene antecedentes notables: La montaña mágica, de Thomas Mann; Los adioses, de Juan Carlos Onetti; y en especial la muy recomendable Perorata del apestado, de Gesualdo Bufalino.

5/17/2007

La fortuna de Matilde Turpin
Alvaro Pombo
Planeta, Madrid. 2006


LAZOS FAMILIARES

El comienzo de Anna Karanina afirma célebremente que mientras las familias felices son iguales, las desgraciadas los son cada una a su modo. Pero en algunas familias no resulta fácil reconocer el límite entre la felicidad y la desgracia. Vista desde lejos, por ejemplo, la de Matilde Turpin podría parecer feliz y próspera, con hijos encaminados, una casa de campo idílica en el Asubio, una carrera prominente en el mundo de las finanzas de ella, reconocimiento intelectual de su esposo filósofo Juan Campos, y mucho dinero para condimentar todo esto. Pero la muerte de Matilde trasluce la fragilidad de esa aparente perfección. Juan Campos decide recluirse en la casa campestre junto a dos empleados que son también amigos inseparables del matrimonio: Antonio y Emilia. Ahí recibe además la visita de uno de sus hijos, Fernandito (cabalgando su espectacular Porsche Boxster negro) de quien pronto sabremos que tiene un gran resentimiento contra su padre y esconde mal su homosexualidad (y su amor imposible por un amigo que tiene en el campo desde niño, Emeterio). También llegará otro hermano, Jacobo, y su guapa y joven esposa Angélica, quien tendrá un rol activo en el desenlace. La fortuna de Matilde Turpin, ganadora del último premio Planeta, mantiene el tono introspectivo y reflexivo de las anteriores novelas de Alvaro Pombo, aunque sin la densidad que caracteriza sus novelas más célebres. Afinado con los personajes femeninos, Pombo hace de Matilde Turpin no solo la columna vertebral de la familia sino el engranaje que permitía funcionar a todos los personajes sin estrellarse. Una vez desaparecida (convertida en un “peso inmaterial pero que oprime” p. 331), los lazos dejan de funcionar, y los individuos que compartían el abrazo familiar del Asubio se descomponen y llenan las páginas con largos silencios disfrazados de reflexiones, de secretos y de una visceral incapacidad para afrontar la vida sin de Matilde. La novela privilegia los desplazamientos internos de los protagonistas antes que las acciones, por lo que la lectura puede parecer tediosa para quienes no han leído novelas anteriores de Pombo (un autor fetiche en el catálogo de la exigente Anagrama antes de ganar inusualmente este premio), incluyendo algunas descripciones crípticas –tan afines al autor- como aquella que anuncia que la lluvia cierra la casa “como una lengua extranjera (p. 60) Así, entre los delirios de su mejor amiga y servidora Emilia (que parece más huérfana que los mismos hijos), los rencores de Antonio y Fernandito, el desprecio de Jacobo y lo pusilánime que resulta ser el Juan Campos cuando debe resolver los problemas cotidianos, las acciones de la novela se van desenredando con lentitud pero fatalmente hacia un desenlace que podemos calificar de imprevisto porque, justamente, no hay dos familias desgraciadas iguales y la de Matilde Turpin lo es muy a su manera.

Asesinato en la Gran Ciudad del Cuzco
Luis Nieto Degregori
Norma: Lima, 2007


CRIOLLOS VS. PENINSULARES

Esta nueva novela del narrador cuzqueño Luis Nieto Degregori tiene como escenario a Cuzco de principios del siglo XVIII, un corregimiento codiciado por muchos españoles buscapleitos que buscan forrarse de dinero fácil y rápido, para luego enterarse de que la política en dicha ciudad gira en torno a un criollo llamado Diego de Esquivel y Navia, y su aún más poderoso sucesor, Diego El Mozo. Este último, y su hijo natural también llamado Diego (a quien se le conoce de niño y luego, ya mayor, convertido en sacerdote), son los protagonistas de una historia que enfrenta constantemente a criollos y peninsulares, teniendo como telón de fondo a los mestizos y los indios, peones (aunque a veces piezas más importantes) en el complejo juego de poder en que unos y otros combaten armados de chismes, fraudes y coimas. La novela se inicia con el descubrimiento de un cadáver en plena ciudad por el entonces niño Diego, y da un salto hasta los últimos años de la vida de Diego el Mozo, su padre, atribulado porque sus enemigos lo han llevado finalmente a un juicio. Como elemento misterioso, una hermosa mestiza que aparece y desaparece constantemente en la vida del joven sacerdote guarda el secreto para arrancarle a éste la venda de los ojos sobre su familia. Paralelamente a esta historia, se cuentan en capítulos alternos algunas de las tropelías de la pelea criollos vs. peninsulares: el amor prohibido entre Diego el Mozo y su amante Leandra; la historia de una lance entre uno de los corregidores del Cuzco y el todopoderoso marqués criollo; las aventuras de un mestizo cuyo odio puso en aprieto a los españoles por un tiempo, llamado El Cartolín. Resulta evidente que Nieto Degregori tenía en sus manos un material histórico que lo seducía y que supo aprovechar para recrear el Cuzco del XVIII con solvencia. Sin embargo, el talento puesto en la recreación del ambiente histórico no va de la mano con el que debió colocar en la trama. El argumento, por ello, resulta opaco y secundario, demasiado disperso, sin que la columna vertebral (el cura Diego que va conociendo poco a poco la verdad sobre su padre) esté bien construida como para sostener un conjunto de anécdotas coloniales. ¿Dónde quedó el autor que en Cuzcco después del amor trabajó con tanta sutileza y detalle las contradicciones sentimentales de su protagonista? Como un Edipo que descubriese la verdad solo en el epílogo, el padre Diego permanece demasiado tiempo a ciegas para ser una persona dramática atractiva. Y eso es, justamente, lo que necesitaba esta novela que, por otra parte, comete algunos errores formales imperdonables en un autor con tantos años en el oficio, como el abuso de frases clisés (“su madre siempre con cara de pocos amigos” p. 61 “y echó a correr calle abajo como alma que lleva el diablo…” p. 31) o las abundantes reiteraciones en las acotaciones de los diálogos (“¡Ah!- exclamó asombrada” p. 67 “¡Daré soltura al preso, pero esto no termina aquí!- se mostró amenazante el corregidor” p. 116).